Cruces y oraciones a la muerte de mi padre

Cero horas, de esta madrugada de viernes, día alegre que nace frío y
lúgubre como todas esas fechas inmortales que celebran a los muertos en
infinitos recuerdos fúnebres que al paso de los años pueden ir fortaleciendo
recuerdos o martirizando memorias.

Tú, padre mío, sojuzgaste las tuyas en tus últimos días, pero llegó la
hora en que podrás redimirte y redimir la sonrisa de mi madre, al lado del
Señor y de María, desposándote otra vez en el cielo, devolviendo el honor en la
sonrisa fiel de tu esposa que te espera, quien en medio de su ciclo de dolor y
olvido en esta vida, jamás dejó de pronunciar tu nombre: “Víctor, Víctor,
viejo, dónde estás?”, buscándote hasta lo más recóndito de su memoria.

Si eso no es amor, de esos que duran 
hasta más allá de la muerte, qué más puede ser ese sabor, ese aroma, ese
espejo, esa gloria y esa bendición de la que en estos instantes gozas con ella,
mientras nosotros te regalamos el coro de la resignación y de los sollozos en
esta tierra que abandonas.

Hay tanto por rememorar y estas horas servirán para chirrear buenos,
malos y momentos medianos.

Hombre de carácter, hombre de ideas, de empuje y de actos solidarios, de
sentimientos de justicia y también de actos injustos a los que tiene derecho
todo ser si es humano y es probo, como Dios te encargó serlo.

Ingeniero de la vida, contador de las necesidades resueltas, músico de
nostalgias y peruanismos, maestro de generaciones y de familia, terco y
obcecado para las cosas simples y difíciles, hombre al fin, a quien a pesar de
existir en dos siglos también le faltó tiempo para aprender del mundo pequeño
que tenía en sus manos llenas para dar felicidad que esparció a cuenta gotas o
a borbotones según la fuerza que en instantes le dio su corazón siempre
dispuesto al cariño.

Hay palabras que me mantendrán cerca de ti y templaran mis días, mis
sensaciones, y mi futuro. Inútil evitarlas.

Sería como olvidarte, algo que no mereces por ser quien esculpió mi ser
y me sirve para esculpir a los míos y ellos también lo hagan a su modo, a sus
tiempos.

Inútil también, ahora, hacer algo más por ti que no sea rezar y orar a
Dios que te siga brindando la confianza en ti, para que tu espíritu sea tan
capaz de ganarte su amor, como el respeto que supiste forjarte como profesional
y como persona.

Te amamos, padre.

Perdónanos los rencores que pudimos haber expresado. Todos ellos
tuvieron un sentimiento de fervor paterno y un reconocimiento por la
responsabilidad que asumiste con tu familia y también con tus compañeros y
discípulos.

No somos perfectos. Menos mal. Si lo fuéramos nunca podríamos pedir
perdón, ni recordar que sabemos amar, como hoy te seguimos amando, mientras
descansas en paz. Que Dios así escuche nuestros ruegos. Amén. (Víctoriano
Medina Ruiz, Ayacucho, 1924 – Lima, 27.09. 2019)

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